A primera hora, cuando el sol todavía bosteza sobre la ría y el olor a sal se cuela por las callejuelas, Sanxenxo se activa con una coreografía que no necesita ensayo: redes que se doblan, hornos que despiertan y mostradores que se llenan de sabor e historias. En ese latido cotidiano, los productos artesanales Sanxenxo no son una etiqueta bonita, sino una forma de atravesar el día con la certeza de que lo que llega a la mesa nace de manos concretas, de mareas reales y de recetas que han sobrevivido porque, sencillamente, funcionan.
El puerto, con su rumor de motores y silbidos, marca el ritmo. En Portonovo, la lonja es un pequeño teatro donde la subasta de la madrugada dice más sobre la economía local que muchos informes. Aquí la calidad no se declama, se ve en el brillo de las sardinas, se escucha en el chasquido de las navajas recién sacadas de la arena y se huele en el pulpo que se enfría a la sombra de la tradición. A pocos kilómetros, las bateas dibujan puntos suspensivos sobre la ría: cada mejillón que allí crece es un recordatorio de que el mar, bien tratado, devuelve el favor con generosidad. Y mientras tanto, en tierra firme, los hornos de leña exhalan un pan de maíz que cruje con un acento inconfundible y las empanadas de zamburiñas salen de las cocinas con el orgullo de una receta que no entiende de prisas.
El visitante curioso descubrirá que la mejor guía gastronómica es preguntar. La panadera que abre su obrador cuando el pueblo aún duerme te explicará por qué la corteza se resiste justo lo necesario; el mariscador te contará el calendario secreto de las mareas, ese que no aparece en ninguna app; el viticultor de una pequeña bodega familiar hablará de las cepas de Albariño como quien se refiere a hijos que han aprendido a pelear contra el viento. Aquí, el vino no se bebe, se conversa. La copa huele a fruta blanca y a piedra mojada, y uno sospecha que el Atlántico también sabe escribir notas de cata.
La cadena corta—del productor al plato—no es solo un concepto de moda. Es economía real. Cada compra en el mercado de abastos se convierte en un gesto a favor de oficios que se sostienen con constancia y madrugones. La pescadera que limpia el jurel no necesita decírtelo: su navaja y su silencio son un manifiesto contra el anonimato. Cuando uno elige un queso de tetilla elaborado en una granja cercana o una miel que guarda el verano de los montes próximos, el dinero no se evapora en un laberinto de intermediarios y el impacto se siente en el barrio, en el colegio del crío del carnicero, en la reparación del barco del vecino.
Para el forastero es fácil caer en la tentación del souvenir inmortal: un imán para la nevera que promete perpetuar el viaje. Pero hay recuerdos que se disfrutan mejor con fecha de caducidad. Unas conservas artesanas de jurel en aceite de oliva, un frasco de sal de las Cíes con hierbas, una bica que compite con el mejor de los desayunos; todos son pasaportes comestibles a un lugar al que, de pronto, es posible regresar en mitad de un miércoles cualquiera. Y si alguien te pregunta por qué se acabaron tan pronto, siempre puedes culpar a la gravedad. O a la merienda.
Quien busca autenticidad hallará también pequeñas novedades. La tradición aquí no está en guerra con la innovación: conviven. Algunos productores han abrazado el comercio electrónico sin perder la compostura, envían sus cajas con mimo y un papel encerado que cruje como lo harían las páginas de un periódico bien impreso. Otros han mejorado el envasado para que el percebe o la galleta de nata sobrevivan al viaje sin perder el acento. El secreto no es misterioso: se trata de sumar tecnología donde aporta y dejar intacto el gesto manual que da carácter. Las manos siguen mandando.
Conviene afinar el radar para distinguir lo genuino del disfraz. Las etiquetas cuentan historias, sí, pero el paladar es un periodista implacable. Si la centolla presume de kilómetro cero y llega en agosto con precio de ganga, sospecha; la verdad se parece más a un calendario que a un cartel luminoso. Preguntar por el origen, conocer a quien produce, entender por qué hay temporadas en las que algo no se consigue con facilidad, forma parte del trato. Y a cambio, uno obtiene una lección acelerada de geografía gustativa que ningún algoritmo mejora.
Cada rincón del municipio guarda una escena que merece ser contada. La playa de Silgar amanece con paseos que terminan en cafés con leche servidos en tazas que duermen sobre manteles de hilo. En el mercado, las voces se mezclan con la música secreta de los cubitos chocando contra el mármol. Hay un punto de humor en la seriedad con la que se debate si la empanada mejora con masa fina o gruesa, una discusión que, por suerte, se resuelve en el primer bocado. Los domingos, el olor a caldo gallego se cuela entre los balcones, y uno entiende por qué la paciencia es el principal ingrediente de la cocina lenta: el tiempo, aquí, sabe a comida hecha como antes.
A la sombra de los toldos, la artesanía no comestible también tiene su hueco. La madera toma formas útiles y hermosas en manos de ebanistas pacientes; la cestería trenza historias de abuelos que iban al monte en busca de varas; la cerámica recoge la luz de la tarde y la vuelve brillo esmaltado. Todo pertenece a una misma idea: fabricar cosas que resistan, que no necesiten baterías para dar alegría, que se parezcan más a una conversación larga que a un mensaje de voz rápido.
Si eres de los que planifican cada hora, quizá te sorprenda la eficacia de un método alternativo: dejar que la nariz decida la ruta, que el oído se detenga ante un cuchicheo de cuchillos y tablas, que el ojo escoja por brillo y textura más que por fotografía. En una época de grandes promesas envueltas en celofán, este rincón del Atlántico sigue apostando por algo mucho más simple y, a la vez, más difícil: saber quién hace qué, por qué lo hace así y cuánto cuesta mantenerlo vivo. Y el día que vuelvas a casa con la bolsa más pesada de lo previsto y la cartera algo más ligera, también te llevarás una certeza que cunde poco en las redes: a veces, la compra más sabia es la que te obliga a cocinar.