Entre la batea y la nube: La abogacía digital desde Vigo

Desde la ventana de mi despacho en García Barbón, veo cómo las grúas del puerto mueven contenedores bajo una lluvia fina e incesante. Vigo es una ciudad de hierro, granito y mar, una urbe construida sobre el esfuerzo físico y la industria pesada. Sin embargo, aquí dentro, frente a mis dos monitores, mi batalla es completamente intangible. Soy abogado experto en derecho digital en una ciudad donde el «contrato de palabra» fue ley durante siglos, y esa dicotomía hace que mi trabajo sea fascinante y agotador a partes iguales.

Ejercer el derecho digital en Vigo no es como hacerlo en una torre de cristal en Madrid o en un hub tecnológico de Barcelona. Aquí, mis clientes no son solo startups nacidas en la Universidad o en la Zona Franca; son también conserveras centenarias que quieren exportar a China a través de e-commerce, o empresas de automoción que necesitan blindar sus secretos industriales ante ciberataques. Mi día a día consiste en traducir el lenguaje de Silicon Valley al gallego pragmático de los empresarios locales.

A veces me siento como un funambulista. Por la mañana, estoy redactando los términos y condiciones para una app que monitoriza el cultivo de mejillón en las bateas, asegurándome de que el tratamiento de datos cumpla con el RGPD más estricto. Por la tarde, estoy en una reunión tensa explicando a un consejo de administración por qué no pueden usar una base de datos comprada para enviar publicidad, o gestionando una crisis de reputación online para una marca de moda local.

La gente piensa que el derecho digital es frío, puro código y leyes abstractas. Pero en Vigo, tiene un sabor muy humano. Se trata de proteger el patrimonio digital de gente que ha levantado imperios desde la nada. Es lidiar con la propiedad intelectual del software desarrollado en el parque tecnológico de Valladares y defenderlo con la misma fiereza con la que antes se defendían los lindes de una finca.

Cuando cierro el ordenador, salgo a la calle y el olor a salitre me golpea. Camino hacia el Casco Vello para tomar una cerveza y desconectar. En este rincón del Atlántico, la tecnología avanza rápido, pero la vida sigue teniendo otro ritmo. Ser el guardián legal de «la nube» en una ciudad tan apegada a la tierra y al mar es un reto constante, pero no lo cambiaría por nada. Aquí, el futuro se construye sin olvidar quiénes somos.