Las caídas mortales se cobran la vida de diez personas al día, según recientes estudios. Este accidente es particularmente crítico para los miembros de la tercera edad, debido a su mayor propensión a sufrir lesiones físicas y psicológicas de gravedad. Para su prevención, cada vez más residencias de ancianos invierten en barras de agarre y alfombrillas antideslizantes. Incluso cuando el percance se ha consumado, disponer de un detector de caidas teleasistencia puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte, ya que el tiempo juega en contra de sus afectados.
La peligrosidad de las caídas dentro y fuera del domicilio no es igual para un adolescente que para un mayor de sesenta y cinco años. En los colectivos sénior, un tropiezo fortuito no suele saldarse con un simple moretón.
A edad avanzada, las caídas se traducen en fracturas de cadera, traumatismos craneoencefálicos, hemorragias y otras lesiones internas o daños en los tejidos blandos (abrasiones, cortes, etcétera), por mencionar solo algunas de las consecuencias. Esta fragilidad es el resultado del desgaste muscular y óseo que sufre el cuerpo humano en los umbrales de edad más avanzados.
Pero el impacto de una caída trasciende el plano físico. En ciertos casos, las secuelas impiden caminar de nuevo, limitación que supone un duro varapalo emocional para la persona, que pasa a depender de terceros (familiares o cuidadores).
En otras palabras, las consecuencias de una simple caída acaban afectando al bienestar psicológico del anciano. Cuando el miedo a caerse se cronifica, además, aparece el síndrome post-caída, es decir, el temor irracional a perder el equilibrio de nuevo. Este trauma tiende a empeorar la pérdida de movilidad e independencia del usuario.
Por último, las personas de la tercera edad arrastran patologías que pueden agravarse por efecto de una caída. Así ocurre con la diabetes, las enfermedades musculoesqueléticas, circulatorias, etcétera.