Los hindúes lo llaman vivaha; los judíos, nissu’in, y para los antiguos celtas, era el handfasting. El matrimonio recibe infinidad de nombres en otras culturas, pero en todas representa un vínculo físico, social y espiritual que está rodeado por un gran número de tradiciones y objetos simbólicos. Por ejemplo, el uso de anillos compromiso para representar el amor eterno se remonta al Antiguo Egipto, aunque su intercambio entre los novios que se prometen en matrimonio proviene de un decreto del Papa Nicolás I el Grande.
En origen, los anillos de boda eran tan simples como unas cañas trenzadas o una sortija de hierro. La incorporación de un diamante es obra del Archiduque Maximiliano de Austria, práctica que se generalizó gracias a la publicidad de De Beer en los años cuarenta.
En México, es costumbre que los padrinos unan a la feliz pareja con un lazo de boda, colocado sobre sus hombros formando un ocho. Este número se asocia en numerología con el amor, la abundancia y más recientemente, con el símbolo de lo infinito.
¿Romper platos para atraer la felicidad? Esta insólita tradición es familiar para todos los griegos. Durante sus nupcias, se clama «¡opa!» al tiempo que se estampan docenas de platos contra el suelo. Los alemanes dan una vuelta de tuerca a esta costumbre: su Polterabend consiste en recoger los restos de una vajilla rota por amigos y familiares. Con ello, los novios demuestran su compromiso a superar juntos las dificultades venideras.
El sake o vino de arroz juega un papel importante en las bodas japonesas. Durante el ritual denominado San San Kudo, la pareja bebe el sake de tres tazas diferentes, que vienen a representar la unión marital, el respeto hacia los familiares y el agradecimiento a los invitados. Esta tradición se enraíza con el sintoísmo, como tantas otras en la tierra del sol naciente.